LA ILUSIÓN DE LA INCLUSIÓN

Inclusión es una de las palabras más interesantes que trajo la campaña presidencial del 2011. Es potente, mágica, simple. Evoca justicia y solidaridad, pero sobre todo determinación por cambiar las cosas.

 

Su incorporación al vocabulario político electoral fue bandera del candidato que al final ganó la presidencia del Perú. Había que incluir a los pobres donde están los ricos, a los enfermos en los planes de salud, a los estudiantes en colegios y universidades, a los desposeídos en el crédito y la propiedad, a los sin trabajo en las oportunidades laborales, a los abusados en la justicia, a los agricultores en tierras con agua, a los ganaderos en las tierras con pastos, a las familias en el gas a 12 soles, a las mujeres donde antes sólo estaban los hombres; y así, como una letanía, inclusión se convirtió no sólo en una palabra clave sino en una deuda social y política; y en símbolo de la gran transformación.

 

En verdad la palabra revelaba que había una exclusión en ese Perú que crecía pero que una buena parte de peruanos no alcanzaban a ver y menos aún, disfrutar. Y por eso, luego de despertar ilusiones, anhelos y esperanzas, muchos esperamos que, en vista que ya se tenía la piedra angular, se desarrollara en los hechos lo que esta palabra evocaba.

 

Tres años después de estar parados sobre una oportunidad lo que nos queda es una desilusión. Para los conformistas debemos darnos con una piedra en el pecho porque Humala no destruyó lo avanzado y crecer 5% al año, con este gobierno plagado de improvisación, es casi como una bendición y por lo tanto no hay que quejarse. Pudimos estar peor, dicen. Hay que agradecerle a Castilla que sí sabe, y a que Ollanta y Nadine saben tan poco. Y Así, aunque The Economist diga que el caos político nos pasará factura como lo hizo en Italia y en tantos otro países, la nave sigue avanzando aunque a veces no sabemos bien cuál es el rumbo ni el destino.

 

Pero donde no hemos avanzado es en lo moral, en lo ético y en los valores que una democracia debe representar. No estamos mejor que antes; estamos peor. La frustración, para quienes no queremos ser conformistas, es que esa bendita palabra – inclusión- debió ser tratada con más respeto, con más misericordia y con más sentido histórico. En el fondo este gobierno nunca la entendió. Y, por eso, ver a los gobernadores como guaripoleras es como una cachetada que nos hace volver a la realidad. O cuando recordamos a Abugattás, hace apenas dos años, y su programa de gestores, nos damos cuenta que quienes no hemos entendido somos nosotros, el pueblo; la inclusión no era para los electores sino para los elegidos. Para la prima, el primo, el tío, la tía, el hermano, para la esposa, para el abogado y para los amigos de los elegidos.

 

Los últimos seis meses de un gobierno que sale, son sólo para preparar maletas. En la práctica ya no se gobierna. Es decir a este gobierno le queda un poco más de año y medio. Estamos entrando a la recta final y aunque sigamos a 5% en lo económico, lo político ya es una pasivo del que no se puede escapar y menos aún cuando el 57% de los peruanos cree que es la esposa del presidente y no él quien gobierna. Por eso la inclusión ha sido una verdadera desilusión. Pero ojalá los peruanos sepamos reflexionar cuando decidamos en la cola por quien votar en las próximas elecciones.

 

Por: Alfonso Baella Herrera

Publicado en Expreso el 14.5.2014

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