Un puñado de Millones

Escuchar el sábado último, en el programa de televisión de Beto Ortiz, el testimonio del SO PNP, José Miguel Millones, sobreviviente de la vergonzosa “operación libertad”, en la que se intentó mentir descaradamente a la opinión pública haciendo aparecer como victoriosa lo que era una humillante derrota, vuelve a poner en el debate nacional no sólo el papel de las autoridades militares sino el de los  políticos frente a un valor simple, elemental pero fundamental: la verdad.

 

José Miguel Millones y los testimonios, que también se vieron, de los padres de los mártires caídos, César Vilca y Lander Tamani, confirmaron muchas cosas. Primero, que fueron enviados engañados; les dijeron que iban sólo a un entrenamiento cuando iban, en verdad, a un operativo altamente riesgoso. Segundo, que a pesar que sus superiores sí sabían a dónde iban, estos no les advirtieron; no fueron ni con el armamento ni con el equipamiento mínimo necesario; ni radios, ni guantes, ni GPS y sí, cacerinas malogradas. Tercero, que no obstante conocer del ataque feroz de los senderistas en medio del descenso,  fueron abandonados en el monte, y luego, Millones –baleado en el rostro- dejado por su cuenta y riesgo en su curación y posterior recuperación.

 

Recordemos que todo esto fue presentado como un triunfo cuando en verdad esa calificación pretendía ocultar una cadena de irresponsabilidades. Las renuncias de los ministros Alberto Otárola y Daniel Lozada fueron el costo político pero los otros responsables no han sido identificados plenamente. Millones ha sido y está siendo amedrentado para callar y para, con su silencio, dejar impune a superiores que esconden detrás del uniforme cobardía y vileza. Es claro, a estas alturas, que estos valientes policías fueron enviados a una masacre y que la opinión pública fue engañada.

 

Enorme paradoja la que enfrentamos con un presidente que es militar junto a su primer ministro -este último, acérrimo defensor de los derechos humanos, antes de ser político- sin que ninguno de los dos parezca percibir  la urgencia de señalar responsabilidades.  El testimonio de José Miguel Millones nos deja por un lado el amargo sabor de la indignación pero, por el otro, la esperanza de que esos jóvenes policías son capaces de dar sus vidas por el país. Esos ideales no deben morir; deben preservarse. Un puñado de Millones ayudaría mucho a cambiar las muchas cosas que no caminan hoy en el Perú.

 

Alfonso Baella Herrera

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